Algosur

Te espero, una última vez más…

Hubo un lugar una vez… que se llamaba Jerez, Antonio. Te equivocaste en el pregón… No era la Rotonda de los Casinos, ni siquiera la calle Fresa, o Kiwi. No… Se llamaba Jerez, y te estaba esperando desde 1998. Desde aquella -a la vez-  injusta y bendita designación como pregonero siendo un niño con alma de niño. Un lugar que siempre espera, a veces dormido, a veces, incluso de forma latente, a los que considera hijos suyos. Y tú, por partida doble, lo eres ya de pleno derecho. Hay quien dice que ser pregonero de la Semana Santa es una forma distinta de ser hijo predilecto de la ciudad… Yo no lo sé. Sólo sé que Jerez te quiso como tú quieres a Jerez. Claro que hubo una vez un lugar, Antonio… Y se llama Jerez.

Así llegaste al Teatro. Entregado, mendigando un amor -qué pregón también, madre mía- que era tuyo desde mucho antes de que te eligiera el Consejo. Desde el centro del escenario, compusiste uno de los romances de entrada más eléctricos, vibrantes y acompasados que se recuerdan, homenajeando lo que otros que te precedieron ya dijeran a tu ciudad y a su Semana Santa. Poco importó que no lo supieras de memoria. Poco importó que tuvieras que consultar un guión que, de forma gallarda, tiraste cual capote al suelo rematando así un primer tercio que puso, literalmente, el teatro en pie.

Todo esto pasó tras el protocolo inicial del acto, roto por las reclamaciones silenciosas de la Banda Municipal de Música, aplaudida por el respetable, y por la presentación de Manuel Moure, periodista de profesión, quien dibujó una presentación corta, simpática, y de formato periodístico, muy alabada por los allí presentes. Componía la presidencia la alcaldesa de la ciudad, María José García-Pelayo, quien aplaudió, de buen grado, la broma gastada por el pregonero cuando relató la muerte de Cristo por las calles de los barrios periféricos -¿quién le pone el nombre a esas calles, señora alcaldesa?- y el obispo de la ciudad, José Mazuelos, quien aplaudió también el elegantísimo, dulce y hasta estético reproche a una Iglesia que sigue sin comprender que se puede amar de muchas maneras, incluso… a contramano.

Quien creyera que Moure llegaba al Villamarta a adornarse, a torear de salón sin fajarse con el toro siempre difícil del pregón, estaba equivocado. Fue pronto, además, muy pronto, cuando el pregonero decidió hacerlo, respondiendo a dos críticas que han emborronado los nuevos cuadernos de bitácora de la Semana Santa, las redes sociales. Ser pregonero por segunda vez es, dijo Antonio Moure, “sin duda, una clara excepción a la regla pero, eso sí, nunca un pecado como algunas voces arcanas y de ultratumba han postulado desde su elitista atalaya de pensamientos, obras y omisiones. Ayer y hoy mis palabras siguen limpias, mi gesto cordial y mis brazos abiertos aún cuando la hiel sigue rebosando por muchos tinteros para escribir mundos de sombras. Ni llevo cuentas del mal ni albergo revancha alguna, si acaso la venganza mía sea de manos tendidas y abrazos sinceros”.

Pero tras estas banderillas negras, dirigió a los compañeros de profesión un saludo cariñoso -”sois la luna de Nisán de los que no ven la luna…”- para luego dar la mano, irónicamente, a los pregoneros del mañana, a los que le sucederán en el atril y este año han expresado, en muchos casos de manera pública además, su disconformidad con el nombramiento por segunda vez de Antonio como pregonero.

Estaba claro el planteamiento, por tanto. Subirse al Villamarta a decir que nos quedan siete días, por supuesto. Pero no sólo a eso… Y así lo hizo, vaya si lo hizo, cuando reivindicó la Rotonda de los Casinos como un lugar lleno de duende y pellizco. Fue un romance antológico, quizá el que los años conviertan en referencia de este pregón, que vino precedido por un teatro que ya se daba cuenta de lo que estaba viviendo… y acaba de empezar. En ese enclave, Moure figuró la degradación de nuestra Semana Santa, su pérdida de valores, su ausencia de esencia. Una metáfora de casi cien versos que terminó -y lo transcribo porque es buenísimo- como sigue: “… pero aquel tiempo pasó /y el lugar ya no es el mismo. /Lo vistieron de diamantes,/lo llenaron de palquillos, /y la esencia de su cante / cayó al pozo del olvido./Por eso, este blues de marzo / románticamente herido / que sueña volver a verte / repeinando mis sentidos. /Y aunque sé que es imposible / porque es un canto al vacío, / hoy quiero gritar bien fuerte / con vosotros por testigos / que Jerez tuvo un lugar / lleno de duende y pellizco, / ruleta del sentimiento, / redondel de los delirios… / Yo nunca lo olvidaré, / yo jamás te olvidaré /…Rotonda de los Casinos”

Y con esto, llegó el alboroto. El real, el de tarde grande de pregón. Ya todo daba igual, porque a Moure, a esta casta de pregonero, se le esperaba como se esperaba a Paula, o como ahora se espera a Morante. Y en el primer toro de la tarde, ya se había destapado el tarro de las esencias. El guión del pregón fue un recorrido intimista por la Semana Santa, por sus calles y balcones, por sus plazas y rincones, sin más orden que el de un cofrade más, disfrutando de la Semana Mayor. Comenzó, como hiciera Carlos Herrera en su pregón de Sevilla, con un paseo por los barrios, desglosando sus cortejos, sus recorridos -algo que hizo después en algún otro romance-, y romanceando al Soberano Poder como soberano del tiempo, por las más de doce horas de recorrido que disfrutan cada Miércoles Santo.

Y tras el alboroto inicial, llegó el momento de gustarse, aunque gustara menos. Lo sabía Antonio, doy fe de ello, pero tenía claro que él subía a Villamarta a ser fiel consigo mismo, y con Jerez. A partes iguales. Y por la nostalgia fue caminando por aquellas cofradías que le recordaban su niñez, sus primeras vivencias como cofrade. Bellísimo el romance a la Estrella lasaliana, seguido de décimas y una prosa cuidadísima para glosar la dolorosa del Mayor Dolor, sin duda, la parte más hermosa de la escasa prosa que recorrió los folios del pregón de 2015, que fue rematado con un romance intimista a la Virgen de las Angustias, que tituló “Historia de un fracaso” y que fue largamente aplaudido por el público que llenó el Villamarta hasta la bandera.

Recurrió Antonio Moure a pocas, muy pocas concesiones a la innovación en el pregón. Si acaso, como en este último romance, música en algunos pasajes que engordaban los silencios del coliseo jerezano. Andaba el pregón por territorio de nadie, en ese estado de latencia que siempre se produce en la parte central de los mismos, y donde además parecía cómodo el pregonero. Por ello, no dudó en versificar, de nuevo de forma profunda, la figura de la Amargura, dolorosa siempre colosal e ineludible del pregón de la Semana Santa de Jerez.

Sabedor de que el pregón iba para largo, y con la intención de contentar a todas las hermandades, compuso un romance, otro más, en el que habló de varias cofradías, terminando de manera inteligente con la dolorosa de la Concepción recordando los diez años de su coronación canónica. Enganchó este poema con una denuncia sobre la situación social y económica que vive este país, y esta ciudad, clamando sin reparos que es una vergüenza de todos, y del pregonero en primera persona, para volver a apoyarse en la música de fondo, y glosar la llegada de la Esperanza de la Yedra a San Lucas cuando se coronó canónicamente. Un romance lejano del tronío que siempre se supone cuando la Esperanza asoma por el Villamarta, y que llenó de espiritualidad, sensibilidad y devoción los versos del pregonero.

El Moure más auténtico, más real, más irónico, sarcástico y divertido, apareció de nuevo cuando contó sus experiencias costaleras, que fueron largamente aplaudidas por el público -magistral la anécdota de los cables del Pelirón- como lo fue el romance, titulado “Tras el telón”, que dedicó a Martín Gómez Moreno, en el que desveló que el pisacorbata que luce el capataz en su pecho el Lunes Santo es el mismo con el que él dio el pregón del 98, y este del 2015.

Se acercaba el último tercio del pregón, y el pregonero reservaba las grandes advocaciones para este momento. Apareció, de manera nítida, el genio de Moure con el romance al Prendimiento, quizá menos flamenco de lo esperado, y el recuerdo a Antonio Gallardo en los versos que dedicó a la Soledad, siempre la Soledad, a la que el poeta acompaña desde el cielo cada Viernes Santo, rematados al final con las propias palabras del artista tristemente fallecido.

Tras la referencia obligada al Cristo, del que ya pregonara sus 425 años de historia, Moure repitió -”por ser vuestro, por haberlo hecho vuestro manteniéndolo vivo en vuestros corazones”- el romance de las rosquillas del Dulce Nombre, que fue acogido por el público con algo de frialdad inesperada. Pero fue un espejismo, porque Antonio decidió revolucionar el teatro con el más bello canto a una madre que se recuerda por marzo en Jerez... “Por tus dolores de madre… / Dolores de carne y hueso…”. Una antología del verso profundo, emocional y lacónico que estuvo precedido por otro en el que desveló sus sentimientos cuando el año pasado, por motivos profesionales, no pudo hacer estación de penitencia con su túnica de las Tres Caídas. Dos pedazo de romances que pusieron el teatro en estado de ebullición, esperando ya el final del acto con ansiedad.

Y este final llegó, porque todo llega. Llegó con unos versos finos y delicados a la Piedad -qué bonito el final de este romance…- y con su recordado “Despierta, Jerez, despierta…” que revolucionara San Miguel en el año 1998. Un hasta siempre, que dijo el pregonero, que yo reivindico como un hasta pronto. Tendrán que pasar otros veinte años, claro que sí. Más incluso… Pero Jerez merece que alguien, por fin, le cuente cómo vio su Semana Santa siendo un niño, un hombre, y un anciano. Yo, al menos, así lo espero… aunque para ello, tenga que esperar toda una vida.

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